Aunque la tienda del señor Marino nos surtía a diario de chucherías, en las que invertíamos la propinilla, la llegada de la fiesta, Santa Brígida, y con ella los carameleros de Olmedo, era una revolución para la chiquillería, más pendientes esos días de su puesto y de las novedades que traían que de otra cosa.
En nuestra época eran el señor Claudio y la señora María.
Además de los dulces clásicos, caramelos, pirulís, chicle, etc. tenían singular éxito los mistos, un trozo de cartón con unas gotas de fósforo que los chavales hacíamos explotar restregándolos por las paredes.