En la memoria colectiva de Fuente Olmedo ocupa un lugar importante la ermita de San Benito. Como todas las historias añejas es un recuerdo que se mueve entre la incredulidad y la certeza y que, a falta de datos, pasa de generación en generación como el juego del teléfono escacharrado: cada vez más lejos de la realidad. Y sin embargo esta historia es cierta. La ermita estaba en la linde con Aguasal, a 200 metros de la divisoria entre ambos términos, siguiendo la antigua línea del ferrocarril Segovia-Medina, actual Vía Verde del Eresma, dirección a Medina del Campo, a la izquierda. En la actualidad no queda mas vestigio que el nombre del pago, unos terrenos baldíos y un pequeño bodón estacional que ocupan las más de dos hectáreas sobre las que se asentaba la ermita.
Como tal San Benito la ermita aparece documentalmente muy tarde, en 1587, cuando el vicario del Arcedianato de Olmedo responde a una petición del obispado de Ávila, en cuya diócesis está incluida la Villa y la Tierra, que le inquiere sobre el número de Iglesias, feligreses y pilas bautismales que hay en cada uno de los lugares de su circunscripción. Respecto a Fuente Olmedo, la respuesta es que “Martín de Cabo, cura párroco, entrega una copia firmada de su puño y letra por la cual parece que en el dicho lugar hay una iglesia, cuyo título es San Juan Evangelista, en la cual hay una pila baptismal y veinte e cuatro feligreses vecinos del dicho lugar, la cual iglesia tiene un anexo que llaman Benito, que no tiene pila ni feligrés ninguno».
Este censo acaba en el Archivo de Simancas hasta que en 1829 el canónigo y archivero Tomás González lo publica como un anexo del Censo de Población de las Provincias y Partidos de la Corona de Castilla en el siglo XVI, mandado elaborar por la corona con fines fiscales. Gracias a eso conocemos de la existencia de San Benito y de su dependencia de la iglesia de Fuente Olmedo, de la que en ese momento es un anexo, utilizando una terminología que se hará corriente a medida que se despueblan lugares y sus parroquias quedan agregadas a las de los pueblos que sobreviven.
Sobre su origen, aparte de la generalidad de que aparecería con la repoblación, siglos X-XII, un documento de la catedral de Ávila aporta datos y algunas dudas. La diócesis abulense, que está rehaciendo su estructura tras siglos de abandono por la invasión musulmana, realiza en 1250 un elenco de sus parroquias en el que averigua las tercias decimales, un tercio de los diezmos del pueblo, que recauda en cada lugar para el sostenimiento del Cabildo diocesano. En la relación figura, junto a todos los lugares del Arcedianato de Olmedo, que corresponde casi exactamente con la Comunidad de Villa y Tierra, La Fuente (Fuente Olmedo), que aporta 8 maravedís y tercia, Don Ymbla, (Doñibla), con 7 menos tercia y el Aguasal y Pedro Segovia que conjuntamente aportan 7 maravedís menos tercia. Este nombre de Pedro Segovia, que no vuelve a aparecer en la documentación histórica, (ni en censos o vecindarios, ni en rentas eclesiásticas, ni en repartimientos fiscales), da pie a Gonzalo Martínez Díez, medievalista que fue uno de los mejores conocedores del fenómeno de las comunidades de villa y tierra y la repoblación, para afirmar que, probablemente, este lugar sería el que aparece en 1587 como San Benito, que tras la despoblación del núcleo inicial, mantendría únicamente la iglesia con esa advocación y como ermita. La posterior adscripción a la parroquia de Fuente Olmedo se debería a su mayor cercanía pues el mismo Martínez Díez apunta en un estudio sobre la ubicación de los despoblados que la ermita se encuentra a 1.700 metros de Fuente Olmedo y a 1.900 de Aguasal, de torre a torre en línea recta. Este de torre a torre era el habitual sistema de adjudicación a uno u otro pueblo de los restos de los lugares que se iban despoblando.
La conjetura de Gonzalo Martínez Díez tiene la lógica de que muchas iglesias de los lugares que se yerman mantienen la devoción de pueblos vecinos, como los casos cercanos de Rapariegos y el Cristo de Moralejilla, Matapozuelos y Nuestra Señora de Sieteiglesias o Mojados y la Virgen de Luguillas, pero deja muchas preguntas en el aire: Mas allá de la distancia, ¿por qué se agrega San Benito a la parroquia de Fuente Olmedo y no a la de Aguasal, si había una dependencia previa del misterioso Pedrosegovia, o a la de Donibla, la Santa Cruz, que está poblado en esos años?
Sin solución por ahora para este interrogante, que deja abierto un tema muy goloso, San Benito, siempre con ese nombre y siempre como ermita, aparece con asiduidad en la documentación de los siglos XVI, XVII y XVIII como referencia para deslindar tierras, señalización de límites, adjudicación de herencias, cobro de rentas, etc.

El ermitaño hidalgo
A falta de descripción fidedigna, podemos pensar que la ermita sería una pequeña construcción de adobe o tapial, fruto de la sacralización del espacio en esos siglos en los que abundaban en el campo ermitas, cruces y humilladeros. Tendría una única nave, con un cuarto para el santero o ermitaño, de uno de los cuales tenemos noticias, mediado el siglo XVI, gracias a un pleito de hidalguía. Ser hidalgo, (hijo de algo) en esos siglos y ser reconocido como tal no era cualquier cosa. Suponía estar exento de tributar y pagar pechos o derechos reales que pagaban el resto de los mortales, los “ommes buenos pecheros”. Juan de Zamora, carpintero, vecino de Olmedo, que alegaba ser “hijo de algo”, inicia en 1550 un pleito de hidalguía en la Real Chancillería de Valladolid. Pleitea para que le sea reconocida tal condición y librarse de los abundantes impuestos de la Corona, de los que solo escapan clérigos e hidalgos. Este hombre, hijo de Juan de Zamora y María Muñoz, vecinos de Donibla, aduce en el pleito que su padre tenía hacienda en Donibla y la Fuente de Olmedo “por lo que no pechaba por ser notoria su calidad”. La hidalguía de los antepasados era determinante a la hora de ser reconocida la propia. Para reafirmar la nobleza de su linaje trae a colación a su abuelo, también Juan de nombre, del que dice que entre sus parientes hijosdalgo está Pedro de Cuéllar, vecino de Villanueva, tierra de Íscar “que tenía bienes y hacienda raíz por lo que no pechaba”. De poco le sirvió su linaje, pues, aunque en principio se le reconoció la hidalguía, una apelación del fiscal a petición del Cabildo de Pecheros acabó por incluirle en la lista del común de los mortales contribuyentes. En la vista varios testigos afirmaron que el padre de Juan llegó a Donibla con Francisco de Pereña, montero del rey, a cuyo servicio estuvo hasta que se casó, y “nunca tuvo bienes y por ser pobre y necesitado el concejo le llevó al hospital y allí vivió con su mujer, sustentándose de los bienes y limosnas de dicho hospital y de allí se fue a vivir a la ermita de San Benito, donde fue santero y se sustentaba de las limosnas que pedía para la dicha ermita”. El ser pobre y necesitado era una situación que a menudo acompañaba a los hidalgos pues, pagados de su linaje, no eran muy dados a trabajar y acababan como acabó Don Quijote, el más conocido de ellos.
Treinta y siete años después, cuando la diócesis realiza el listado de parroquias, pilas y feligreses nada se sabe ya del ermitaño de San Benito, aunque la ermita sigue presente y tiene sus propiedades, fruto de la devoción de vecinos de los lugares cercanos que, como era costumbre, procuraban la salvación de su alma dejando bienes o herencias a parroquias, curatos o monasterios.
La abadesa de uno de estos, Agustina de Riaño, cabeza del monasterio de Santa Isabel de Jesús de Cuéllar, realiza en 1614 el apeo de sus heredades en “los términos y labranzas del Aguasal”. Los apeadores, al reconocer y fijar los linderos de varias tierras citan la ermita: “otra tierra al sendero que va de Olmedo a San Benito, de obrada y media, que linda con el dicho sendero y con el camino que va a la questa de la Reyna y con tierra concejil”, “otra tierra de tres quartas a la cuesta de San Benito que linda por la parte de arriba con las vinias de la Reyna e por abajo con tierra de Alonso Gutiérrez y hacia la Fuente de Olmedo con tierra de la ermita de San Benito y hacia el Cubillo con tierra de Troche”.
En una tierra de siete obradas
Poco años después, en el libro de fábrica de la iglesia de Fuente Olmedo, se refleja una relación de bienes de la parroquia «y de San Venito su anexo». Por este apeo, realizado en 1660 por apeadores de Aguasal y Fuente Olmedo, sabemos que la ermita aún tiene entidad, pero las propiedades rústicas de parroquia y ermita ya se relacionen indistintamente y no por separado. Este apeo delimita, además, la ubicación en la que estuvo situada. Dice la relación al deslindar una de las tierras: «otra tierra de siete obradas, antes más que menos, que en medio della está la ermita de San Venito, que linda con tierra de Vartolome Hernanz, del Aguasal, con tierra de Diego Hernanz, de Donibla, con tierra de herederos de Pedro Hernanz, con una tierra del Cabildo de Olmedo y con el sendero que va a la Onvarbisca y salta el sendero un cuartillejo hacia el Aguasal». Ahí está la ermita. Solo hay que seguir el rastro a todos los Hernanz del entorno. La Onvarbisca, por cierto, era una fuente, de buena agua cárdena, que bajaba hacia las cárcavas de Aguasal desde, más o menos, el pinar de Pericote actual. Hoy los mapas la reflejan como arroyo de la Malvisca.
A comienzos del S. XVIII, en 1704, San Benito sigue presente cuando la familia Troche, una de las casas nobles de Olmedo, hace un recuento de las tierras de su mayorazgo en Fuente Olmedo y al deslindar una tierra al Viejo Herrero se apunta que linda, entre otras, “con una tierra de la iglesia de Fuente Olmedo, que fue de San Benito”. Si hasta entonces se citaba la ermita con sus propiedades junto a las de la iglesia parece que en estos años ya se adjudican sus tierras definitivamente a esta. ¿Podemos suponer que había desaparecido?, es probable que no físicamente pero sí que ya estaba desacralizada y que sus propiedades habían pasado a la titularidad de la parroquia de Fuente Olmedo.
No obstante, el Catastro del Marqués de la Ensenada, elaborado en la Corona de Castilla a mediados del XVIII para ordenar y unificar la diversidad de tributos que se pagaban, realiza un exhaustivo compendio de todas las propiedades rústicas y urbanas de clérigos y seglares. Donibla ya está despoblado entonces pero aun así su término se examina separado del de Fuente Olmedo, cosa que no sucede con Bocigas y Valansarero, y en su descripción de fincas se recogen tres, al menos, de la ermita de San Benito, en los pagos de la Poza, la Cerrajona y la Hoyadilla. Posiblemente tuviera más pero solo hemos podido revisar parte del Libro de Seglares de Donibla.
Pese a la desaparición física de la ermita de San Benito, que se produciría tras una progresiva ruina por falta de culto, su nombre ha perdurado hasta nuestros días identificando el pago en el que se ubicaba. Es así en la delimitación de los términos de Fuente Olmedo y Aguasal que realiza el Instituto Geográfico y Estadístico de España en 1903. La comisión de amojonamiento designada por el ayuntamiento de Fuente Olmedo, que preside el alcalde Perfecto Hernández, integrada por los vecinos Gabriel Pérez y Rafael García, junto con la comisión de Aguasal y los peritos del Instituto, reconocen como parte de la divisoria entre ambos términos las líneas que unen los mojones 4, 5, 6 y 7 situados “al sitio denominado San Benito”. Los mapas del Catastro sitúan hoy el pago de San Benito del otro lado de la raya, en término de Aguasal, y el sitio en el que estuvo la ermita aparece como La Regalada.

Segovianos rezagados
Con esos orígenes tan inciertos poco sabemos del porqué de la advocación de San Benito, que no es muy común en esta comarca. Si damos por buena la opinión del jesuita Martínez Díaz y de la correlación entre Pedrosegovia y San Benito, habría que buscarla en la procedencia de los repobladores que solían trasladar la devoción de sus lugares de origen a las nuevas pueblas. En el caso de Pedrosegovia los pobladores serían, lógicamente, segovianos.
Es una teoría que comparte también Ángel Barrios García, catedrático durante años en Salamanca y estudioso de las extremaduras. En un estudio sobre las primeras estructuras agrarias en la repoblación y la procedencia de los repobladores apunta que “segovianos rezagados que no pudieron participar en la repoblación de la penillanura de Ciudad Rodrigo, crearían, hacia 1160, en suelos arenosos de costosa explotación agrícola, Pedrosegovia y Salvador de Cuéllar”.
Sin embargo, un nuevo documento de la diócesis de Ávila resta fuerza a esta teoría. La relación de rentas de las parroquias diocesanas que se efectúa en 1485, Libro de los veros valores del Obispado de Ávila, ordenado y transcrito por el propio Barrios García, ya no refleja la existencia de Pedrosegovia, aunque sí Salvador de Cuéllar, como despoblado anejo a Donhierro.
Con este vacío documental es difícil defender que San Benito fuera en origen un pueblo más de los que nacieron al calor de la repoblación mientras que la existencia de la ermita está contrastada documentalmente. Más probable es que el nombre de Pedrosegovia y su inclusión en el listado de 1250 se debiera a un error de transcripción o de interpretación de copistas posteriores. Poco más de 200 años es un espacio histórico muy breve como para que desaparezca todo vestigio de un lugar.
Y si desechamos esa posibilidad, ¿Podemos saber el origen de San Benito? A falta de más comprobaciones hay un hilo que permite plantear la hipótesis de que la ermita pudo haber sido mandada levantar por el fundador de Doñibla, Don Imbla. Este Imbla aparece en el 942 en un diploma del monasterio de Sahagún de Campos como testigo del testamento que realiza en favor del cenobio benedictino un matrimonio de un lugar del entorno. Es la única referencia documental que hay del posible fundador del despoblado, posterior anejo de Fuente Olmedo. San Benito el Real de Sahagún, en el páramo leonés, jugó, como todos los monasterios, un importante papel en la repoblación, además de ser un foco de poder religioso y económico. En lo económico con posesiones desde la Liébana hasta Segovia, sobre todo en Tierra de Campos y el Páramo, y en lo religioso por su papel en la reforma de la orden benedictina, con la llegada a la península de los monjes de Cluny. No sería descabellado pensar que este Imbla, con cierta entidad en su lugar de origen como para ser requerido como testigo en un testamento, o alguno de sus descendientes, como vasallo del monasterio o por propia iniciativa, se trasladó hacia el sur, dentro del proceso repoblador, y fundó una puebla con su nombre, trayendo consigo la devoción de su lugar de origen a San Benito, al que erigiría una ermita en el término de un Donibla recién fundado. Otro dato contribuye a apuntalar este posible origen del despoblado y de la ermita. En el año 942, fecha en que está signado el testamento que se guarda en la colección diplomática de Sahagún, Imbla es vecino de Villa Graniera, hoy Las Grañeras, entidad menor dependiente de El Burgo Ranero. Según Pascual Madoz, que elaboró el monumental Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar entre 1845 y 1850, hasta bien entrado el siglo XVIII en Las Grañeras había una ermita bajo la advocación de La Santa Cruz. ¿Y cuál era la advocación de la iglesia de Doñibla?, exacto: La Santa Cruz.

Y el de Fuente Olmedo, ¿es el de la ermita?
La tradición oral de Fuente Olmedo asegura que la imagen de San Benito que hay actualmente en la iglesia del pueblo procede de la ermita. Esa posibilidad parecía ser desmentida por el Libro de Fábrica de San Juan Evangelista, de Fuente Olmedo, en el que figura un asiento en 1715: “mas 290 reales que tuvo de toda costa la imagen de San Benedicto”, según las cuentas que da el mayordomo, que parece ser el pago al tallista por hacer una imagen nueva. Sin embargo, el mismo Libro de Fábrica deja la cuestión, de nuevo, en la casilla de salida porque el visitador de la diócesis, que giraba visita regularmente por todas las parroquias del obispado revisando libros y rentas, manda al cura de Fuente Olmedo en 1657 que “el San Benito que está en el altar de Nuestra Señora no se ponga en él hasta estar pintado de negro y dorado conforme el hábito”. ¿Supone esto que este San Benito procedía de la ermita y estaba en malas condiciones y que el pago de 290 reales fue por dorar y pintar la imagen? En ese caso la imagen actual sí procedería de la ermita, pero 58 parecen muchos años para que el visitador no hubiera llamado al orden al cura por no cumplir su decreto con prontitud, como solía hacer.