
Por Germán Delibes de Castro.
Profesor Emérito de la Universidad de Valladolid.
Debió suceder a mediados de 1973. Yo era un joven penene en la Facultad de Letras de la Universidad de Valladolid y había recibido de mi querido profesor Alberto Balil, director del Departamento de Arqueología, el encargo de acercarme a la villa romana de La Calzadilla, en Almenara de Adaja, para conocer la marcha del arranque y consolidación de sus mosaicos por parte de un equipo de técnicos del Instituto Central de Restauración del Ministerio de Cultura. La Diputación Provincial de Valladolid, bajo la presidencia de don José Luis Mosquera, por fin había decidido afrontar la puesta en valor, como se dice ahora, del yacimiento y el sabio Balil, un formidable romanista, actuaba como responsable científico del proyecto. Por su parte, la recuperación de los mosaicos, muy deteriorados al haber permanecido demasiado tiempo al descubierto, se efectuaba bajo la dirección de un restaurador de Madrid, Jerónimo Escalera, a quien tuve ocasión de conocer en aquella visita. A Escalera, hombre versado en arqueología, abierto y de gran simpatía, le faltó tiempo para hacerme saber que en la Diputación acababa de ver dos magníficas puntas prehistóricas de cobre de tipo Palmela que habían sido halladas por un agricultor del sur de la provincia.
La noticia, en un momento en que las excavaciones y los hallazgos arqueológicos eran excepcionales y en el que yo me afanaba en redactar una tesis doctoral sobre, precisamente, el tema de las primeras sociedades metalúrgicas de la Meseta, me produjo una fuerte conmoción, de ahí que en compañía de mi maestro Ricardo Martín Valls y de otro compañero arqueólogo, Tomás Mañanes. me apresurara a ir ese mismo día a la Diputación para informarme sobre el descubrimiento y conocer la identidad de su autor. Allí nos comunicaron que se trataba de don Carmelo Rincón, vecino de la localidad de Fuente-Olmedo a donde nos trasladamos al día siguiente. Recuerdo bien mi nerviosismo cuando nos presentamos en el domicilio del señor Rincón y también, pese a su mayor veteranía, el de Martín Valls, que acababa de publicar el ajuar de un enterramiento de esta misma época aparecido no muy lejos de Almenara, en el municipio abulense de Pajares de Adaja.
En Fuente-Olmedo nos recibió un hombre de mediana edad, extremadamente educado y de una bondad y una amabilidad excepcionales quien, después de invitarnos a pasar a su casa y de ofrecernos asiento a su lado y al de su esposa, sin que apenas hubiera necesidad de preguntarle por el hallazgo -tan presente lo tenía-, puso ante nosotros sobre una mesa camilla una caja de zapatos con la tapa puesta. Cuando la abrió nuestros ojos se desorbitaron y mi emoción no creo que fuera mucho menor que la experimentada por Howard Carter cuando, mirando a través de una grieta de la puerta de la tumba de Tutankhamon y teniendo al lado a su mecenas Lord Carnavon, a la pregunta de este: “¿Qué ve?”, solo pudo contestar: “Cosas maravillosas”. Y es que en la caja, además de algunos huesos humanos, había nada menos que otras nueve puntas de jabalina de cobre similares a las dos de la Diputación, un largo puñal asimismo éneo, una larga cinta o diadema de chapa de oro, una muñequera de arquero de arenisca y, en fragmentos de distintos tamaños, los restos de tres vasijas de barro modeladas a mano y bellamente decoradas con motivos geométricos incisos.
«El fuerte impacto que me produjo el hallazgo de Perro Alto fue determinante para que el campaniforme se convirtiera en eje central de mis investigaciones»
La sorpresa y la emoción fueron mayúsculas porque desde el primer minuto fuimos conscientes de que lo que nuestro anfitrión nos mostraba eran nada menos que las ofrendas de una tumba correspondiente a la Cultura del Vaso Campaniforme de mediados del III Milenio antes de Cristo. Allí estaba, en efecto, la tríada de cerámicas propia de dicha clase de sepulturas (el vaso campaniforme stricto sensu, la cazuela y el cuenco), aunque lo verdaderamente excepcional era la riqueza y el número de objetos que las acompañaban. Los paralelos a estableces para tales elementos –p.e. los presentes en las sepulturas excavadas a finales del XIX por la Academia de la Historia en Ciempozuelos (Madrid) o los del enterramiento del Pago de la Peña en Villabuena del Puente (Zamora)- acudieron inmediatamente a mi cabeza pero se quedaban cortos, pues la opulencia del ajuar de Fuente-Olmedo era incomparablemente mayor.
Escuchamos embobados de boca de don Carmelo las circunstancias en que se había producido el hallazgo, durante la retirada de un cúmulo de piedras con la que tropezaba repetidamente la reja del arado en una de sus fincas, en el pago de Perro Alto. Una labor en cuyo transcurso fueron aflorando los materiales arqueológicos descritos que el descubridor, sospechando ya su importancia, recogió con mimo y en su totalidad, incluidos los más pequeños fragmentos de cerámica. Con los permisos obligados del propietario de la tierra y del Ministerio de Cultura, unos días después actuaríamos Martín Valls y yo en el sitio con el resultado de comprobar que los restos procedían de una fosa oval de dos metros de diámetro y algo más de medio de profundidad en cuyo centro –todavía alcanzamos a ver in situ la impronta de alguno de los huesos- hubo de yacer el cuerpo inhumado de un individuo, a primera vista adulto. Pero, además, después de cribar todo el sedimento extraído, también tuvimos la suerte de recuperar una punta de flecha de pedernal, primorosamente tallada, que confirmaba que la sepultura correspondía a un momento inicial de la Edad del los Metales en el que todavía seguía vigente el trabajo de la piedra.

Esa misma tarde, tras la firma de un improvisado recibo, los señores Rincón nos cedieron amablemente la custodia de las piezas y estas, trasladadas al edificio recién estrenado de la Facultad de Filosofía y Letras, en la plaza de la Universidad, fueron dibujadas por un gran artista, Ángel Rodríguez González, y fotografiadas por el responsable del servicio de fotografía Ramón Bosque. Tres o cuatro semanas después procedimos a su devolución, pero para entonces éramos portadores del encargo de doña Socorro González de Madrid, Directora del Museo Provincial, de trasladar a don Carmelo una oferta del Estado para adquirir los objetos. No me sentí cómodo con la encomienda pues estimaba que la compensación económica de 25.000 pesetas que ofrecían los tasadores del Estado al descubridor era baja, parecer en el que coincidía la esposa de don Carmelo, pero la excelente disposición de éste, convencido de la importancia científica del hallazgo y de la necesidad de compartirlo con la ciudadanía, hizo posible que los materiales de la tumba de Perro Alto acabaran ingresando finalmente en el Palacio de Fabio Nelli.
Al año siguiente, en 1974, Martín Valls y yo publicamos un librito titulado “El vaso campaniforme en las campiñas meridionales del Duero: el enterramiento de Fuente-Olmedo (Valladolid)” que el Museo Arqueológico, dada el interés del hallazgo, quiso que figurara como nº 1 de su colección de Monografías. En él se reunían las primicias de una investigación que todavía hoy no damos por cerrada, pues seguimos indagando en aspectos como la genética y la dieta del individuo sepultado en Perro Alto, pero que revelaba ciertos detalles de la sepultura: el individuo enterrado en la fosa, según nos transmitió después de inspeccionar los huesos un anatomista, el Dr. Lara, era un joven varón de 16 o 18 años; las cerámicas –esta vez los datos analíticos nos fueron facilitados por el catedrático de Química don Maximiliano de Celis- parecían modeladas con arcillas locales; las piezas metálicas eran cobres ricos en arsénico, no bronces pobres en estaño como habíamos supuesto inicialmente; y tampoco tardaríamos mucho en saber, gracias a una serie de dataciones de C-14 reunidas en una segunda edición del libro, que el enterramiento fue realizado en torno al año 2000 antes de Cristo o que las tres vasijas de cerámica constituían un juego de bebida expresamente concebido para la preparación, el escanciado y el consumo de cerveza.
Nada me cuesta reconocer que el fuerte impacto que me produjo el hallazgo de Perro Alto fue determinante para que el vaso campaniforme se convirtiera en eje central de mis investigaciones durante el siguiente medio siglo, esto es, durante el resto de mi carrera como arqueólogo. Algo que explica, por ejemplo, el protagonismo concedido a la tumba fuenteolmedana en una ambiciosa exposición que bajo el título “Un brindis para el príncipe. El vaso campaniforme en el interior de la península Ibérica (2500-2000 AC)” tuve ocasión de comisariar recientemente, junto a Elisa Guerra, en el Museo Arqueológico Regional de Madrid. Y, muestra también de lo presente que sigue estando en mis pensamientos Fuente-Olmedo, es que todavía me pregunto con frecuencia si el yacimiento de Perro Alto estuvo constituido por una única tumba, la conocida, o si esta era solo parte de una verdadera necrópolis con varios enterramientos, como las documentadas modernamente en los alrededores de Madrid. El hallazgo hace pocos meses en superficie de nuevas cerámicas campaniformes alimenta esta segunda hipótesis, puesto que corresponden a vasijas distintas de las aparecidas en la fosa en 1973, pero mucho me temo que, vista la nula atención que en los últimos años prestan las autoridades de Castilla y León a la investigación arqueológica, mi deseo de llevar a cabo una prospección magnética que despeje definitivamente las dudas nunca llegue a materializarse.
Ante la posibilidad de que me esté dejando llevar por una pasión excesiva al defender el carácter excepcional del hallazgo de Fuente-Olmedo y su importancia para el estudio de la Cultura del Vaso Campaniforme, me parece oportuno poner colofón a este pequeño escrito con las palabras que Richard J. Harrison, uno de las mayores especialistas en el tema del campaniforme, dedica a Perro Alto: “This grave –afirma con contundencia- is the wealthiest known from the Peninsula”. Pues bien, es preciso reconocer que nada habríamos sabido de esta tumba prehistórica de no ser por la curiosidad, la generosidad y el civismo de nuestro viejo amigo, ya desaparecido, don Carmelo Rincón Hernández.
… viene del artículo «El joven príncipe que vino a morir a Perroalto».